Ha pasado mucho tiempo desde el último beso vivo entre nosotros;  tus labios como témpanos se encuentran y tan lejanos que no se logran divisar. Tu silueta se ha esfumado de las sábanas, te acompaña una mirada que se esconde de mis ojos, y tus manos heladas están; en tu rostro no hay color, solo sombras que me nublan la razón.

La chica de la sonrisa imborrable se ha ido; me pesa su ausencia. Ya no siento el encanto de su voz ni el fuego que emanaba de su boca, y aunque está sentada frente a mí, después de todo, ha dejado de ser lo que siempre soñé. No podría culparla, porque esto del romance es cuestión de dos; a fin de cuentas, ya no soy el hombre enamorado que ganó su corazón.

Pretendí ser capaz de gobernar sus sentimientos, creí que debía lidiar con lo que pasaba por su mente, y tenía la certeza de que si eso hacía, de mi lado no se iría; pero para mi desgracia, olvidé algo que antes de ella, parecía lógico: el amor es tan impredecible como la muerte misma; sólo quizá, el tiempo y lo que unos llaman destino, son capaces de regirlo.

La rutina atacó directo al corazón, nos mató el deseo y la pasión; se convirtió en un poderoso rival, que no fuimos capaces de vencer. Con el pasar de los días, la casa se tornó permanentemente fría y desolada del baño a la cocina; la habitación era un sepelio, donde cada quien lloraba en el silencio, por el deceso de lo nuestro.

En el café que te gusta tanto, nos encontramos ahora. Esta vez no celebramos tu cumpleaños o el mío, no festejamos logros personales, ni tampoco un tiempo más de estar unidos; por el contrario, hoy no hay risas ni alegrías, simplemente se reúnen dos extraños que beben café amargo y desabrido, mirándose los rostros sin rastro alguno de cariño.

La vida propina golpes certeros cuando menos se espera; son impactos contundentes que aturden el alma y desequilibran el vivir. Ahora mismo recibo uno, mirándote fijamente a los  ojos, esos por los que daba la vida. Un escalofrío pasa por mi cuerpo, mientras en mis venas comienza a correr el desamor; y cuando la primera lágrima cae de tu mejilla, sé que ha sido un golpe letal.

Un silencio abrumador se apodera de la mesa, el ambiente se torna denso y al café no dan ganas de mirarlo;  todo se ha terminado. Acabamos de caer en aguas profundas de congojas, de sueños frustrados, de un porvenir marchito y de ilusiones rotas; ahora somos náufragos de este mar en el que nadie quiere caer, del que cuesta un tiempo escapar.

Salimos del café y nos detuvimos en la acera. Uno en frente del otro, con los ojos rebosantes de lágrimas, esperábamos escuchar  un hasta pronto o acceder a un  frío apretón de manos; y es que después del idilio entre nosotros, esta historia merecía  un epílogo formal, aunque fuera un simple adiós para ponerle un punto final.

Nada ocurrió, y sin decir una palabra, ella se marchó; sin duda, una puya directo al corazón. Sentado me quedé en el andén, secando mis ojos inundados de tristeza, viendo como tu sombra se alejaba rápidamente de mi vida, sintiendo en el pecho la ráfaga mortal de los recuerdos que no regresarán.

Minutos después me levanté devastado, con un nudo en la garganta que me oprimía hasta el alma. Aunque vivimos en la misma ciudad, solo quería tomar el bus y largarme lo más lejos posible de su condenado lugar favorito. Y mirando a través de la ventana, me era imposible dejar de extrañarla, mientras la razón no paraba de gritarle al corazón: acá estamos, pero ya nos fuimos, y acá nos encontramos, pero ya no somos.

Felipe Espitia

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