Foto de Felipe Romero - Instagram: @carfelo06
Estación de Transmilenio- Foto de Felipe R (Instagram: @carfelo06)

Mi ruta era un poco extensa, y el articulado se detenía en seis estaciones, antes de arribar a mi destino. Anhelaba con el alma que algunos pasajeros descendieran del bus, inmediatamente; cruzaba los dedos para que por lo menos, los cinco terrenales cercanos a mi perímetro, al bajarse en la primera parada, me regalaran la oportunidad de respirar y acomodarme dignamente.

Afortunadamente, sucedió lo que ansiaba desde que puse los pies en el bus. Se bajaron del B10, casi todos los que estaban aglutinados contra las puertas; fue un alivio total, un descanso para mi cuerpo malabarista de ese lunes. Restaban cinco paradas más, pero hubo un aliciente que cambió mi semblante, y era que a partir de ese momento, ya era dueño parcial de un metro cuadrado.

Después de la segunda parada, logré lo que cualquier pasajero quiere: sentarse. Hace  mucho había aceptado que mi llegada tarde a la oficina, me podría traer uno que otro lío laboral, pero decidí abandonar ese pensamiento por el resto del viaje. Tal decisión me condujo a contemplar el paisaje urbano a través de la ventana; cientos de contrastes artísticos, edificios e incluso naturaleza, se podían admirar en el B10 corriendo por la ciudad.

Tal vez, era cuestión de veinte minutos para que el bus llegara a mi destino. En un momento dado, desvié la mirada de la urbe,  y me encontré analizando al detalle, a cada viajero situado a mi alrededor. Imaginar y crear posibles historias de aquellos pasajeros, fue una distracción muy amena; una actividad relajante, muy divertida para olvidar mis cercanos contratiempos.

Frente a mí, la universitaria con los audífonos puestos, meciendo su cabeza de adelante para atrás, como queriendo olvidarse del mundo antes de llegar a clase. Junto a ella, el hombre de traje,  con gestos de angustia miraba su reloj y ojeaba algunas hojas del maletín; era un ejecutivo convencional,  de aquellos que no aceptan errores ni derrotas.

A mi costado izquierdo, la madre y su bebé. Era una dama con aires de tranquilidad que miraba por la ventana, quizás pensando en el futuro de su pequeña en brazos, en su propio porvenir, en su trabajo o en el diario vivir. Su niña, de ojos saltones, con una mirada diáfana, juguetona y adorable, logró que sonriera a la merced de su ternura.

Luego de haber sido un sicólogo en las últimas paradas, de dictaminar las posibles vidas y dilemas de aquellos usuarios, se veía próxima la última estación que culminaba el recorrido. Las puertas del articulado se abrieron, y si salieron cincuenta, de inmediato ingresaron cien; el ciclo se repetía una y otra vez, durante todo el día,  para el pobre y ajado B10.

Ya en tierra firme, y caminando hacia la salida del sistema, no dejaba de pensar en los personajes del bus; me preguntaba qué tan reales eran las vidas que yo imaginaba para ellos, si eran felices o desdichadas por la rutina. Pensaba que quizás me había dejado llevar por estereotipos, y les había dado falsos libretos a estos actores de la vida capitalina.

A pocos metros de la oficina, mientras esperaba el alto del semáforo, rememoré todo lo que me había sucedido esa mañana, desde que salí angustiado de casa, hasta el momento en que esperaba cruzar el paso de cebra. Terminé viendo ese simple viaje de bus, de una manera peculiar.

El autobús de la vida, transita por el tiempo sin afán alguno; miles de estaciones, se ubican en la avenida del pasado, la carretera del presente y la superautopista del futuro. Cada día, muchos deciden abordarse en nuevas aventuras, mientras otros solamente ven pasar el recorrido frente a ellos; cientos buscan la ruta adecuada, y otros viajan por el mismo trayecto de su existencia sin vigor.

En minutos, miles de personas, descienden de ella y se dirigen a la  lúgubre salida, mientras que otros miles recién empiezan sus viajes. No se puede pronosticar un buen viaje por un día soleado o un cielo nublado; cada individuo observa el trayecto de singulares maneras, y a su antojo ve la cruda realidad o un bello presente, a través de su ventana.

Crucé la calle, giré y volví la mirada a la estación que hace poco dejaba. Por unos segundos, sonreí  ante una verdad no imaginada por mi entender, y terminé pensando con firmeza y convicción: de la vida, todos somos pasajeros frecuentes.

Felipe Espitia

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Pasajero frecuente: la llegada por Felipe Espitia se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://ciudadelapoetica.wordpress.com/2016/01/29/pasajero-frecuente-la-llegada/.

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