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Pouring rain – Tomada de Tumblr.

Bebo un café antes de irme a la oficina. La ventana de mi habitación, me invita a observar el paisaje urbano que se alza frente a mí; ingenuamente disfruto la vista, y aunque sea siempre la misma, un efecto relajante se presenta, un sosiego envidiable que susurra a mis oídos: hoy será un gran día.

Conduzco por la avenida principal y repentinamente cae una lluvia  torrencial, de esas que taladran el asfalto. El tráfico se encuentra en su máxima expresión; mientras el limpiaparabrisas intenta desaparecer lo incontenible, se puede ver como el agua abate a la ciudad. Pierdo la mirada en cada gota que baja por los vidrios; mi mente se embarca en un río de afanes matutinos.

Otro día del calendario laboral. Números y más números, informes, cartas e infinidad de documentos que generan hastío; el deber puede aburrir, pero las obligaciones no se pueden evadir. Hago una pausa y voy por una taza de café, estrecho algunas manos, y de regreso al cubículo, me detengo unos instantes frente al ventanal del décimo piso.

Por algunos segundos, contemplo y curioseo lo que ocurre abajo. El café se enfría, se acabó la pausa, pero sigo ahí, detallando minuciosamente cada  árbol, ave y el pequeño lago que habita osadamente en medio de esta selva de concreto. Pareciera ser, que aquella simple ventana de oficina, se convirtiera en un portal,  uno que separa la rutina atosigante de la belleza natural.

Se acabó la jornada. Termino mi último café, estrecho manos despidiéndome, y de vuelta a casa. Nuevamente quedo atascado en el tráfico, las luces del semáforo parecen no cambiar y la lluvia regresa para burlarse en mi cara. Entre el ruido de los cláxones, conductores enervados y agua por doquier, este no fue el mejor día que pensé.

Por fin, he llegado. Me quito el abrigo, saludo a mi amor y me dispongo a descansar, pero de repente algo transforma mi noche. Se oyen cándidos y pequeños pasos acercarse al dormitorio, una pequeña sombra que quiere proyectarse sigilosamente; pretendo no saberlo para que sea el mejor de los momentos.

Corriendo hacia mí, con una sonrisa imborrable, llega mi pequeña y me abraza. Refugiada entre mis brazos, mientras me relata las hazañas de su día; el tiempo se detiene cuando inmerso quedé en su mirada. Ella tiene dos zafiros, llenos de pureza, ingenuidad y alegría ilimitada; un par de lindos ojos que son tesoro para mí.

Pude ver en ellos una paz indescriptible, una vivacidad inagotable, todo ello que perdemos siendo adultos. Sus ojos como espejos, en ínfimos instantes, me transportaron a una época añorada, una en la cual nada más importaba que reír, jugar y ser amado. Esos dos luceros, diáfanos y radiantes, iluminaron esa noche que parecía ser común.

Ya es tarde y ella duerme; mirarla descansar renueva mis esperanzas.  Sé con certeza, que no interesa cuán larga y ajetreada haya sido mi jornada, lo más importante al final del día, será llegar a casa y ver a la pequeña y amada princesa, ansiosa esperando por mí; una dulce y preciosa niña que convierte malos días en momentos de infinita felicidad.

Felipe Espitia

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Día perfecto por Felipe Espitia se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://ciudadelapoetica.wordpress.com/2015/12/28/dia-perfecto/.

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